En una época marcada por la inmediatez, la sobreinformación y la incertidumbre constante, la ansiedad se ha convertido en uno de los males más extendidos de nuestra sociedad. Las cifras crecen, los diagnósticos aumentan y las soluciones humanas, aunque valiosas, parecen no ser suficientes para atender una crisis que no solo es emocional, sino también espiritual. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 300 millones de personas en el mundo padecen algún tipo de trastorno de ansiedad.
Se estima que 1 de cada 8 personas en el mundo vive con algún trastorno mental; dentro de ellos, la ansiedad ocupa los primeros lugares
Hace más de dos mil años, el apóstol Pedro dejó un consejo que hoy cobra una vigencia sorprendente: “Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).
Sin embargo, aunque el mandato parece sencillo, hacerlo realidad representa uno de los mayores desafíos para el ser humano contemporáneo.
“La Biblia no dice que tú puedes con todo; la Biblia dice algo mejor: no tienes que cargar solo ese peso que llevas sobre tus hombros”, afirmaba el pastor Hans Palacio, pastor adventista del distrito Maraya, en Pereira, capital del departamento de Risaralda, invitado al programa La Fuente de Esperanza Radio Colombia.
Lo qué estorba.
Vivimos en una cultura que exalta la independencia como sinónimo de fortaleza. Se nos ha enseñado que pedir ayuda —incluso a Dios— puede ser interpretado como debilidad. No obstante, la Escritura recuerda: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia” (Proverbios 3:5). La autosuficiencia, lejos de liberarnos, muchas veces se convierte en el peso que más ansiedad genera.
Para muchos, Dios existe, pero no necesariamente interviene. Esta percepción llega al punto de limitar la capacidad de descansar en sus promesas. La Biblia, sin embargo, afirma: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmos 46:1).
Hans Palacios agregó: “La confianza a la que Dios nos llama es una confianza activa, no es cruzarse de brazos”.
En muchos casos la ansiedad surge del miedo a perder el control. Paradójicamente, entregar nuestras preocupaciones a Dios implica reconocer que no lo tenemos todo bajo nuestro dominio. Jesús mismo enseñó: “¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?” (Mateo 6:27). El afanarse o estar ansiosos no resuelve; por el contrario, solo desgasta.
La fe en cambio no elimina los problemas, pero sí transforma la manera de enfrentarlos. La Biblia afirma: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7). Y esta paz no depende de que todo esté bien, sino de saber en quién hemos confiado. El pastor Hans Palacios estima que, cuando se comprende plenamente la invitación de Dios a confiar totalmente en Él, los resultados de esa confianza, inclusive, no dependen de lo que podamos obtener; en realidad, el mismo Señor nos capacita para decir: “El resultado será el que tú quieras, Señor”.
Descanso emocional y espiritual
Hans Palacios recordó la máxima bíblica: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Cristo no promete ausencia de cargas, pero sí descanso en medio de ellas.
El Señor es claro: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros… pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11). Es importante no pasar por alto el hecho de que la ansiedad se alimenta del mañana, de lo incierto; la fe por el contrario se sostiene en las promesas eternas.
Un llamado contracultural
En un mundo que invita a cargarlo todo en soledad, el Señor propone una alternativa profundamente liberadora: soltar. No como un acto de resignación, sino como una decisión consciente de confiar en el cuidado divino.
Echar nuestras ansiedades sobre Dios no es evadir la realidad, es enfrentarla desde una perspectiva que reconoce nuestras limitaciones y la suficiencia de su gracia.
Finalmente, el pastor Palacios dijo: “Cuando aprendemos a confiar en Dios, nuestras expectativas quedan en segundo plano. Poner nuestras cargas en Dios, en un acto de fe práctico, es identificar lo que nos pesa —el trauma, la herida o el resentimiento—, entregarlo conscientemente a Dios y rechazar retomarlo mentalmente.
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