
Fe, familia y violencia: el abuso que también puede esconderse dentro de la iglesia
Una familia puede orar, asistir a la iglesia, leer la Biblia y hablar de Dios y, aun así, experimentar violencia. La psicóloga Ximena Moya explica cómo el abuso espiritual, físico, sexual y emocional puede esconderse detrás de una aparente vida cristiana y plantea un desafío para las comunidades de fe
¿Puede existir violencia dentro de una familia que ora, asiste a la iglesia, lee la Biblia y habla de Dios?
La respuesta es incómoda, pero necesaria: sí, puede existir.
Durante mucho tiempo hemos hablado de la violencia intrafamiliar como un problema asociado a determinados sectores sociales, culturales o religiosos. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. La violencia puede aparecer en cualquier hogar, incluso en aquellos que profesan una fe cristiana.
Dentro de este contexto aparece una realidad que merece especial atención: el abuso espiritual.
De acuerdo con Ximena Moya, psicóloga clínica y terapeuta, aunque la Palabra de Dios promueve principios, orden y normas desde el punto de vista espiritual, el abuso espiritual aparece cuando alguna de las partes sobrepasa los límites de la otra persona y termina afectando incluso su dignidad.
Son conocidas algunas historias de autoritarismo ejercido por padres dentro de prácticas cristianas familiares: cultos a las tres de la mañana bajo amenaza de recibir una correa u otro tipo de castigo, o incluso burlas y señalamientos hacia familiares que no comparten el mismo credo. Para Moya, estas también pueden ser formas de abuso espiritual.
Cuando se habla de violencia intrafamiliar, muchas veces la primera imagen que aparece es la de los golpes. Sin embargo, la violencia puede manifestarse de diferentes maneras.
“Hay abuso físico, hay golpes, empujones y he atendido casos donde hay abuso sexual utilizando la estrategia que esgrime el apóstol Pablo, donde nos exhorta a no negarse el uno al otro. Utilizándose esto como una estrategia de manipulación para que siempre haya un sí frente a las relaciones sexuales en los matrimonios”, afirma Moya.
La profesional también señala que existen casos de abuso emocional, expresados mediante chantaje, humillación, violencia verbal, insultos, amenazas, degradación e intimidación.
Lo mencionado por la psicóloga demuestra que una familia puede tener una Biblia abierta sobre la mesa y, al mismo tiempo, tener a una persona llorando en silencio detrás de una puerta. Puede haber oración, cultos, cantos y ministerios, mientras alguien vive bajo amenazas, humillaciones, control o miedo.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿Cómo puede una persona profesar amor a Dios y, al mismo tiempo, ejercer violencia contra quienes dice amar?
“La violencia siempre ocurre dentro de un vínculo y se da cuando hay un abuso de autoridad, de la fuerza física e incluso cuando hay un exceso de los estados emocionales, la rabia, la frustración, y hay una descarga hacia la otra persona”, afirma Moya.
Teniendo esto en cuenta, queda claro que la violencia tiene múltiples dimensiones y que no siempre es fácil reconocerla, especialmente cuando aparece dentro de relaciones familiares revestidas de autoridad, tradición o religiosidad.
La manipulación
Uno de los mayores riesgos aparece cuando se hace una mala interpretación de los textos sagrados y estos terminan siendo utilizados para justificar comportamientos abusivos.
Frases como:
“Dios manda que me obedezcas”.
“Una buena esposa o un buen esposo debe soportarlo todo”.
“No puedes abandonar tu hogar”.
“Debes perdonar, así que tienes que volver con él”.
“Si denuncias a tu esposo, destruirás tu familia”.
pueden terminar convirtiendo la religión en una herramienta de silenciamiento y de hecho ha pasado así en algunos casos documentados.
El problema no está en la fe, sino en el uso que algunas personas pueden hacer de ella para ejercer control sobre los demás.
Por eso, hablar de abuso espiritual no significa cuestionar la fe cristiana. Significa reconocer que incluso aquello que es sagrado puede ser manipulado cuando se utiliza para dominar, intimidar o someter.
La reputación pública no garantiza una vida privada saludable
En el campo espiritual también es importante destacar que el agresor no necesariamente corresponde al estereotipo que muchas veces imaginamos.
Puede ser un hombre o una mujer respetado en su congregación. Puede ocupar responsabilidades, participar en actividades religiosas, predicar, cantar, enseñar o ser reconocido por su servicio.
Incluso puede suceder que la comunidad conozca a una persona amable, servicial y espiritual, mientras que su familia conoce otra realidad completamente diferente. Por eso, la reputación pública no garantiza una vida privada saludable.
Esta situación también plantea un desafío para las iglesias: aprender a escuchar a las víctimas sin prejuicios y desarrollar mecanismos adecuados para responder ante situaciones de violencia.
Cuando alguien revela que está siendo maltratado, la primera reacción no debería ser proteger la reputación de la institución, algo que puede suceder en determinados contextos religiosos. La prioridad debe ser proteger a la víctima.
Una historia que no se borra de un día para otro
Ximena Moya también llama la atención sobre un aspecto fundamental: las personas llegan al matrimonio y a la vida familiar con una historia previa.
“Todos somos humanos, todos tenemos historia de vida y, pese a que hemos nacido de nuevo y tenemos nuestra historia de conversión, de que estamos viviendo una vida cristiana, no podemos pasarle el borrador a nuestra historia de vida”, explica.
Y añade:
“En muchos casos venimos de generaciones donde se ha normalizado la violencia. Hemos crecido viendo violencia verbal y nos es muy común”.
La afirmación permite comprender que algunos comportamientos violentos pueden tener raíces profundas en patrones familiares aprendidos durante años.
Esto no significa justificar la violencia. Significa reconocer que romper con esos patrones requiere conciencia, voluntad y, en muchos casos, acompañamiento profesional.
Lo que dice la Biblia
El cristianismo coloca el amor en el centro de su mensaje.
Pablo escribe en Efesios 5:25:
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. Ese modelo no habla de dominación habla de entrega.
Colosenses 3:19 también advierte:
“Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas”.
Y Efesios 6:4 exhorta a los padres:
“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos”.
Por eso resulta contradictorio utilizar la Biblia para justificar la humillación, la violencia, la intimidación o el control.
¿Estamos preparados para reconocer la violencia?
Partiendo de las experiencias de la profesional en psicología Ximena Moya, la pregunta no debería ser solamente: “¿Existe violencia en las familias cristianas?”
La pregunta también debe ser:
“¿Estamos preparados para reconocerla y responder correctamente cuando aparece?”
Una iglesia debe y puede convertirse en un espacio de protección, orientación y restauración. Pero también puede equivocarse si minimiza el problema, culpabiliza a la víctima, obliga a una reconciliación inmediata o prioriza la apariencia institucional sobre la seguridad de la persona.
No todo problema matrimonial se resuelve simplemente diciendo: “Oren más”.
La oración tiene un lugar fundamental en la vida cristiana. Sin embargo, buscar ayuda psicológica, médica, jurídica o institucional cuando existe violencia no constituye una falta de fe.
También es necesario revisar algunos paradigmas que durante años han promovido, en determinados contextos, relaciones familiares marcadas por el machismo.
“Cuando nos salimos de nuestro paradigma de años, donde se ha promovido muchas veces el machismo, podemos encontrar en los roles familiares cooperación, y esto ayuda mucho a una relación más sana”, afirma Moya. La cooperación, el respeto y la responsabilidad compartida pueden abrir caminos hacia relaciones familiares más saludables. acotó
Un mensaje para quienes sufren en silencio
Finalmente, Ximena Moya deja un mensaje para quienes puedan estar viviendo la realidad de la violencia intrafamiliar en sus hogares:
“El Señor en su Palabra nos muestra cómo es injusto el maltrato y el Salvador llevó esas injusticias. Él vivió el abuso físico, fue golpeado, fue escupido, fue humillado, fue traicionado. Vivió todas estas formas de dolor y las llevó a la cruz y nos da libertad para que nosotros podamos vivir bien”.
Y concluye:
“Que en la victoria de Cristo puedas encontrar valor para hablar, para pedir ayuda y no conformarte, entendiendo que el Señor tiene algo mejor”.
Quizá ahí esté uno de los mayores desafíos para las familias cristianas: entender que reconocer la violencia no destruye la fe. Al contrario, puede ser el primer paso para vivir una fe más coherente con el mensaje de Cristo.
Porque una familia puede tener una Biblia abierta, participar de los cultos, cantar himnos y orar cada día. Pero si detrás de esa apariencia alguien está viviendo miedo, humillación o violencia, hay una realidad que necesita ser vista, escuchada y atendida.
Ya decía Elena White en su obra el Hogar Cristiano: El hogar debe ser un pequeño cielo en la tierra, un lugar donde los afectos son cultivados en vez de ser reprimidos cuidadosamente.”
