
Títulos, inteligencia y corrupción: ¿De qué sirve tener maestrías si no aprendimos a ser honestos?
La respuesta, según el pastor y académico Alejandro Trejos, podría estar en una educación que enseña saber, pero no siempre logra formar el carácter y la conciencia.
La frase es aterradora: “De los 200 casos más graves de estafadores que ha tenido Colombia en los últimos años, 194 fueron al colegio, fueron a la universidad y tienen maestría, por lo general maestría en administración de empresas”, decía en una de sus ponencias el profesor Julián de Zubiría, destacado pedagogo, investigador e intelectual colombiano y uno de los fundadores del Instituto Merani en 1998.
El educador lleva largos años cuestionando una educación centrada excesivamente en memorizar información y defiende una formación que desarrolle el pensamiento, la comprensión, la creatividad y las competencias socioemocionales.
Ciertamente, ante una afirmación como esta, vale la pena preguntarse: ¿cómo es posible que personas altamente capacitadas, con títulos universitarios, maestrías e incluso investigaciones relacionadas con la ética empresarial, terminen involucradas en algunos de los más graves casos de corrupción?
Y esto, por cierto, no es un fenómeno exclusivamente colombiano. Se repite, con diferentes dimensiones, en prácticamente todas las sociedades.
Para Alejandro Trejos, pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, con Maestría en Ministerio Pastoral, estudios en Teología Bíblica y candidato a doctor en Filosofía, con énfasis en estudios bíblicos y concentración en Nuevo Testamento por SETAI, el problema está relacionado con la “cauterización de la conciencia, que lleva a la persona a un estado de total insensibilización”.
De acuerdo con Trejos, la pregunta entonces deja de ser únicamente cuánto sabe una persona y comienza a ser qué hace con lo que sabe, entendiendo que, en todo proceso educativo, al estudiante se le enseñan principios éticos en los que también pueden encontrarse muchos de los valores cristianos.
Un ejemplo clásico es que el conocimiento puede enseñarnos a construir un puente, pero no necesariamente nos enseña a no robar el dinero destinado a construirlo. Puede enseñarnos a administrar una empresa, pero no necesariamente a administrar nuestras ambiciones. Puede enseñarnos a multiplicar ganancias, pero no necesariamente a distinguir entre lo que es rentable y lo que es correcto.
El conocimiento no es sinónimo de integridad
La educación académica es indispensable. Una sociedad necesita científicos, médicos, ingenieros, abogados, administradores, maestros e investigadores bien preparados.
El problema aparece cuando confundimos formación académica con formación humana. Y es precisamente en este campo donde la educación cristiana plantea un diferencial frente a la educación tradicional, aunque tampoco es inmune a casos como los descritos por el profesor De Zubiría.
La frase resulta incómoda, pero plantea una verdad profunda: el conocimiento aumenta nuestra capacidad; el carácter determina para qué utilizamos esa capacidad.
“El carácter es ese desarrollo de capacidades de las personas morales, éticas y cristianas para tener conciencia de hacer lo correcto”, afirma el pastor Alejandro Trejos.
Y agrega:
“Cuando el carácter se atrofia, la persona deja de ser íntegra; es decir, se convierte en una persona con una máscara, se convierte en un manipulador y engaña con apariencia de que está haciendo lo correcto. Una persona en ese estado está muy lejos de la ética, de la moral, de lo correcto y de los caminos de Dios”.
Una persona puede tener un excelente currículo y un pésimo carácter. Puede conocer perfectamente las leyes y, aun así, buscar la manera de burlarlas. Puede hablar de ética empresarial y, al mismo tiempo, utilizar su posición para enriquecerse ilícitamente. Puede conocer los principios de la administración y carecer de principios para administrar su propia conciencia.
El escritor y pensador C. S. Lewis lo expresó de manera contundente: “La educación sin valores, por muy útil que sea, parece más bien hacer del hombre un demonio más inteligente.”
Si bien una persona sin preparación puede hacer daño de manera limitada, una persona preparada, pero sin principios, puede utilizar precisamente su conocimiento, su posición y sus habilidades para causar un daño mucho mayor.
Corporación Universitaria Adventista de Colombia UNACLa pregunta es pertinente: ¿en qué clase de seres humanos estamos convirtiendo a quienes educamos?
Quizás esa sea también una de las preocupaciones del profesor Julián de Zubiría.
La Biblia ya había advertido sobre el peligro
Mucho antes de que la psicología, la pedagogía y las ciencias sociales comenzaran a estudiar la relación entre conocimiento, conducta y carácter, la Biblia hizo una distinción extraordinaria.
Santiago afirma:
“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre” (Santiago 3:13).
Es interesante que Santiago no diga simplemente: “Demuestre cuánto sabe”. Dice: “muestre por la buena conducta sus obras”.
En la perspectiva bíblica, la verdadera sabiduría no se demuestra únicamente con argumentos, títulos o diplomas. Se demuestra con la vida.
Incluso el apóstol Pablo advierte que el conocimiento, por sí mismo, puede producir orgullo:
“El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1).
No está despreciando el conocimiento. Está colocando cada cosa en su lugar. El conocimiento es una herramienta; el carácter es quien decide cómo utilizarla.
Por eso, una persona puede saber mucho y ser poco sabia. Puede tener información, pero carecer de discernimiento. Puede tener inteligencia, pero no integridad. Puede tener títulos, pero no principios. Puede conocer perfectamente lo que está permitido por la ley y, sin embargo, ignorar lo que dicta la conciencia.
El verdadero problema está en el corazón
La Biblia coloca el centro del problema humano en un lugar que muchas veces olvidamos: el corazón.
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”, dice Proverbios 4:23.
Jesús también fue directo al señalar que las acciones humanas tienen su origen en el interior:
“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19).
Esto cambia completamente la conversación sobre educación.
No basta con enseñarle a una persona qué es correcto. Hay que ayudarla a amar lo correcto.
No basta con enseñarle que robar está mal. Hay que formar en ella un sentido de justicia.
No basta con explicarle qué significa la honestidad. Hay que cultivar en ella una conciencia que rechace la corrupción aun cuando nadie esté mirando.
Porque la verdadera prueba del carácter no ocurre cuando existe una cámara, un auditor, un policía o una autoridad vigilando.
La verdadera prueba ocurre cuando nadie nos está viendo y tenemos la oportunidad de hacer lo incorrecto.
Una sociedad puede tener profesionales brillantes y ciudadanos moralmente pobres
Hemos conseguido enormes avances tecnológicos, científicos y académicos. Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior. Podemos estudiar en universidades prestigiosas, obtener títulos internacionales y acumular especializaciones.
Pero saber más no necesariamente significa ser mejores.
Por eso, la educación no puede reducirse a preparar personas para ganarse la vida. Debe preparar personas para vivir correctamente.
Jesús no habló de títulos, sino de frutos
Una de las imágenes más poderosas utilizadas por Jesús para hablar del carácter es la del árbol:
“Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16).
No dijo: “Por sus títulos los conoceréis”.
No dijo: “Por sus conocimientos los conoceréis”.
No dijo: “Por sus cargos los conoceréis”.
Dijo: “Por sus frutos”.
La verdadera grandeza de una persona se revela cuando puede hacer algo incorrecto y, aun teniendo la posibilidad de hacerlo, decide no hacerlo.
Educar para saber, pero también para ser
Parece una paradoja en pleno siglo de la tecnología y el conocimiento. El gran desafío de la educación contemporánea no consiste solamente en llenar cabezas de información. Consiste en formar seres humanos capaces de utilizar el conocimiento con responsabilidad, empatía, justicia y sentido moral.
Para el pastor Alejandro Trejos, quien ha desarrollado buena parte de su formación académica en instituciones con valores cristianos, estas casas de estudio marcan una diferencia frente a aquellas que dejan esta formación en un segundo plano.
Trejos, quien tiempo atrás se desempeñó como vicerrector académico en una de estas instituciones, destaca con énfasis la diferencia y la satisfacción que dejaban las evaluaciones y entrevistas realizadas después de la graduación:
“Nosotros recibíamos con gozo los informes de empresas que hacían referencia a nuestros egresados. Nos decían: son personas diferentes, actúan diferente, tienen una conciencia ética diferente, tienen un respeto por los demás que los hace diferentes, tienen un carácter que se mide frente a los límites de lo correcto y lo incorrecto. Es decir, sí hay un diferencial entre instituciones que, además de lo académico, lo físico y lo mental, ofrecen la parte espiritual”.
Actualmente, el pastor Alejandro Trejos preside la Asociación Central de los Adventistas del Séptimo Día, con sede en Pereira, en la región cafetera de Colombia.
Según datos oficiales la Iglesia Adventista de Séptimo Día cuanta con aproximadamente 10.457 instituciones educativas de la cuales 118 son de educación superior.

