
Después del terremoto, una iglesia decidió quedarse: así fue la respuesta humanitaria adventista
La respuesta de la Iglesia Adventista del Séptimo Día frente a las consecuencias del terremoto del 10 de agosto de 2026 incluyó alimentos, agua, medicamentos, ropa, elementos de aseo, colchones, cobijas, comida preparada y apoyos económicos. Más de 90 personas recibieron bonos para atender necesidades de vida digna.
El terremoto del pasado 10 de agosto de 2026 dejó necesidades que fueron mucho más allá de las primeras horas de rescate. Después del impacto inicial llegaron otras urgencias: conseguir alimentos, agua, elementos de higiene, medicamentos, ropa, abrigo y condiciones mínimas para recuperar algo de la normalidad perdida.
En medio de ese escenario, un reciente informe de la Iglesia Adventista del Séptimo Día posterior al terremoto en el territorio de la ASOCENTRAL (EJE CAFETERO) da cuenta de la respuesta humanitaria que la organización buscó atender y que no se limitó a la entrega de ayudas, sino acompañar a las personas afectadas durante el proceso posterior a la emergencia.
Las cifras muestran la dimensión de esa respuesta. Una respuesta que se ha logrado gracias al aporte de propios y foráneos.
Fueron aproximadamente 40 toneladas de alimentos, equivalentes a unos 3.250 mercados, además de 2,5 toneladas de productos de aseo, que representaron cerca de 1.666 kits.
Pero la asistencia no terminó en los alimentos.
La respuesta incluyó también 120 colchones y 150 cobijas, elementos esenciales para personas y familias que enfrentaban las consecuencias del desastre; 2.500 prendas de vestir y pares de zapatos, así como 2.500 unidades de medicamentos y elementos de primeros auxilios.
También hubo espacio para una necesidad que muchas veces queda relegada cuando se habla de emergencias: la de los niños. El informe registra la entrega de 500 juguetes, junto con 5.000 unidades de agua y 800 platos de comida preparada.
Más que entregar ayudas
Detrás de cada cifra había una necesidad concreta.
Un mercado podía significar alimentación para una familia. Un colchón, un lugar más digno para descansar. Una cobija, protección frente al frío. Un medicamento, la posibilidad de continuar un tratamiento. Una muda de ropa, recuperar algo de normalidad después de haberlo perdido casi todo.
Por eso, el informe resume el propósito de la intervención bajo una expresión que va más allá de la asistencia material: “más que entregar ayudas: acompañar vidas”.
La respuesta también contempló apoyos económicos. De acuerdo con el reporte, se destinaron aproximadamente 32 millones de pesos colombianos mediante bonos de Efecty, beneficiando a más de 90 personas. La ayuda sirvió para atender necesidades relacionadas con alimentación, higiene, abrigo, salud y bienestar, además de otras necesidades.
Este componente tiene una particularidad: no todas las familias enfrentan una emergencia de la misma manera.
Mientras para una persona la prioridad puede ser conseguir alimentos, otra puede necesitar medicamentos, ropa, transporte o resolver una necesidad urgente que no cabe dentro de un paquete previamente establecido.
En ese sentido, el apoyo económico permitió responder de manera más flexible a necesidades individuales. Hay que destacar que esta ayuda económica fue gracias al aporte de corazones generosos que aun siguen dispuestos a ayudar y la coordinación de ADRA, (Agencia adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales) brazo humanitario de la Iglesia Adventista del Séptimo Dia.
La emergencia que continúa cuando se van las cámaras
Las grandes tragedias suelen tener un momento de máxima visibilidad.
Las imágenes de los primeros minutos recorren el país. Las autoridades llegan. Los organismos de socorro trabajan. Las comunidades se movilizan y las donaciones comienzan a aparecer.
Pero después viene una etapa menos visible. Las familias tiene que volver a organizar sus vidas.
Hay que conseguir comida. Recuperar ropa. Dormir. Atender enfermedades. Cuidar a los niños. Resolver las necesidades que permanecen cuando la noticia comienza a desaparecer de los medios.
Es allí donde una respuesta humanitaria deja de ser solamente una operación de emergencia y se convierte en acompañamiento.
Y es allí donde la Iglesia Adventista del Séptimo Dia en el eje cafetero continua haciendo su labor, porque: la solidaridad no consiste únicamente en llegar cuando ocurre la tragedia, sino también en permanecer cuando comienza la reconstrucción de la vida cotidiana.
Solidaridad que busca devolver esperanza
Las cifras son contundentes: toneladas de alimentos, miles de artículos de primera necesidad, agua, medicamentos, ropa, comida preparada y recursos económicos.
Pero quizás la dimensión más importante de esta respuesta no pueda expresarse en toneladas ni en pesos.
El propio informe la resume con otra frase: “La solidaridad también devuelve esperanza”.
Porque después de un terremoto reconstruir una vivienda puede tomar meses.
Reconstruir la tranquilidad de una familia puede tomar mucho más tiempo.
Por eso, cada mercado, cada colchón, cada medicamento, cada plato de comida y cada apoyo económico representaron algo más que un elemento entregado: fueron una manera de decirle a quienes enfrentaban las consecuencias del desastre que no estaban solos.
El valor de servir: gracias a los voluntarios
Esta respuesta humanitaria no habría sido posible sin el compromiso de decenas de voluntarios que entregaron generosamente su tiempo, esfuerzo y capacidades, y que aportaron también la logística necesaria para hacer llegar las ayudas a quienes más lo necesitaban. Desde las labores de organización y clasificación hasta el transporte y la distribución de los recursos, cada aporte fue fundamental para convertir la solidaridad en acciones concretas. A todos ellos, la Iglesia Adventista del Séptimo Día expresa su profundo agradecimiento, porque detrás de cada ayuda entregada hubo manos dispuestas a servir, corazones sensibles al dolor ajeno y personas que decidieron dedicar parte de su tiempo a llevar esperanza a quienes atravesaban uno de los momentos más difíciles de sus vidas.
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