Volver a Noticias
Pruebas PISA 2023
· Eje Cafetero

Más pantallas, menos pensamiento: la advertencia que dejan los resultados de PISA

Los resultados de PISA volvieron a encender las alarmas sobre el rumbo de la educación. Mientras Colombia enfrenta rezagos en lectura y matemáticas, países altamente tecnológicos como Singapur, China, Japón y Corea del Sur muestran que tecnología y aprendizaje no necesariamente son enemigos. El verdadero debate podría estar en otro lugar: cómo recuperar la capacidad de pensar, concentrarse y esforzarse en una generación rodeada de pantallas e inteligencia artificial.

Roberto Sánchez14 de septiembre de 202612 min de lectura6 lecturasEsperanza Radio Eje Cafetero

Los resultados de las pruebas PISA publicados la semana pasada dejaron una preocupación que va mucho más allá de una tabla de posiciones entre países. El retroceso registrado en áreas fundamentales como matemáticas, lectura y ciencias volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿Qué está pasando con la educación y con la manera en que nuestros hijos están aprendiendo?

Los resultados más recientes disponibles, correspondientes a PISA 2022, mostraron una caída particularmente fuerte en matemáticas y un deterioro también importante en lectura y ciencias en numerosos sistemas educativos. La OCDE calificó el descenso en matemáticas como extraordinario en términos históricos.

Lo que esta gráfica permite visualizar de inmediato:

  • Ciencias: Colombia 414 vs. OCDE 482 → 68 puntos de diferencia.

  • Matemáticas: 381 vs. 463 → 82 puntos.

  • Lectura: 399 vs. 461 → 62 puntos.

  • Resolución de problemas computacionales: 432 vs. 500 → 68 puntos.

Y hay un dato todavía más fuerte solo el 29 % de los estudiantes colombianos alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemáticas, frente al 65 % de la OCDE. En ciencias fue 50 % frente a 74 %, y en lectura 46 % frente a 69 %.

La pandemia explica una parte de lo ocurrido. Millones de estudiantes permanecieron durante largos períodos alejados de las aulas y muchos experimentaron pérdidas importantes en sus procesos de aprendizaje.

Pero la pandemia no parece explicar todo.

Detrás de los resultados aparece una transformación mucho más profunda: los niños y adolescentes están aprendiendo en un mundo diferente al de sus padres y maestros.

Un mundo de teléfonos inteligentes, redes sociales, videos cortos, algoritmos, videojuegos y, más recientemente, inteligencia artificial. Nativos digitales les llaman.

Y aquí comienza una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.

Nunca hubo tanta información, pero eso no significa que sepamos más

Una generación que hoy tiene acceso, desde un teléfono, a una cantidad de información que habría parecido inimaginable hace apenas unas décadas. Pero, paradójicamente, ese parece ser uno de los tantos problemas, según algunos expertos.

Una pregunta puede obtener respuesta en segundos y, de acuerdo con la plataforma que se esté usando, un concepto puede explicarse mediante un video. Un idioma puede traducirse inmediatamente. Una inteligencia artificial puede redactar un ensayo, resolver una ecuación o resumir un libro, pero aprender no es lo mismo que obtener una respuesta.

Aprender implica comprender, recordar, relacionar conceptos, equivocarse, volver a intentarlo y desarrollar la capacidad de resolver un problema sin depender permanentemente de una herramienta externa.

Ese es precisamente uno de los dilemas que enfrenta la educación contemporánea.

¿Estamos utilizando la tecnología para potenciar el aprendizaje o estamos permitiendo que haga por los estudiantes aquello que ellos necesitan aprender a hacer?

Jenny Mercedes Aguirre Vallejo es Licenciada en Pedagogía infantil, tiene especialización de docencia por la UNAC y maestría en psicopedagogía escolar con una universidad española la UNIR. Actualmente cursa cursa tesis doctoral en educación con la universidad latinoamericana tecnológica de México y coordina la licenciatura en educación religiosa de la facultad de teología y religión de la Corporación Universitaria Adventista.

Para Jenny Mercedes Aguirre Vallejo, coordinadora de la Licenciatura de Educación Religiosa de la UNAC, quien pasó por los micrófonos de Esperanza Radio, los resultados respecto a Colombia son muy preocupantes, destacando la marginal mejoría en el área de ciencias, 3 puntos.

Para Aguirre: “Hay un rezago crítico, hemos retrocedido 10 puntos en lectura y 2 puntos en matemática respecto a la prueba anterior”.

La también especialista en psicopedagogía escolar pone el foco, entre otras cosas, en la poca innovación de las estrategias educativas en Colombia y la región, así como en la inversión en lo social.

La investigadora Jenny Mercedes Aguirre Vallejos también dice que, gracias a las pantallas, “los jóvenes perdieron el entusiasmo de leer por placer”, cosa que, a su juicio, ha afectado los resultados, haciendo énfasis especial en el área de comprensión lectora.

La batalla por la atención

Los especialistas llevan años estudiando los efectos de la exposición excesiva a las pantallas y del consumo intensivo de contenidos digitales. Es una cuestión que también está en el radar de los análisis.

La preocupación no consiste simplemente en que un niño o joven utilice un celular. El asunto es qué hace con él, cuánto tiempo permanece conectado, qué tipo de contenido consume y qué actividades está desplazando.

La atención es fundamental.

Leer varias páginas de un libro, resolver un problema matemático complejo o estudiar un fenómeno científico requiere permanecer concentrado durante un período prolongado.

El ecosistema digital, en cambio, está diseñado en buena medida alrededor de estímulos rápidos: una notificación, un mensaje, un video, una nueva recomendación, otro contenido.

“Es una realidad”, afirma Vallejos, haciendo referencia a estudios que demuestran que poco más de una cuarta parte de los estudiantes en los países de altos ingresos reportan que hay distracciones entre compañeros por dispositivos móviles.

El cerebro se acostumbra fácilmente a pasar de un estímulo a otro y especialistas en el área de la psicología vienen desde hace tiempo advirtiendo sobre el problema.

Por eso, algunos educadores se preguntan si estamos formando estudiantes con acceso extraordinario a la información, pero con menor tolerancia al esfuerzo intelectual que exige comprenderla.

No se trata de afirmar que las redes sociales o los dispositivos sean responsables de todo el deterioro educativo. La realidad es mucho más compleja.

Pero sí existe una preocupación legítima por la relación entre atención, hábitos digitales y capacidad de aprendizaje.

Suecia comenzó a hacerse otra pregunta

Quizá uno de los ejemplos más interesantes de este debate está en Suecia.

El país fue durante años presentado como un referente de la digitalización educativa. Las tabletas, los computadores y las herramientas digitales ocuparon un espacio cada vez mayor en las aulas, bajo la expectativa de que la tecnología permitiría modernizar la enseñanza. Todo promovido por el sistema.

Pero ahora el país está replanteando parte de ese camino. El gobierno sueco comenzó a impulsar una política para recuperar el protagonismo de los libros de texto y reducir la dependencia de las herramientas digitales, especialmente entre los estudiantes más pequeños.

En 2023 destinó cientos de millones de coronas suecas a fortalecer el acceso a libros de texto en las escuelas. El debate también ha incluido propuestas para reducir el uso de dispositivos digitales en determinadas etapas educativas.

La decisión resulta llamativa precisamente porque Suecia no es un país contrario a la tecnología; por el contrario, es uno de los países más digitalizados del mundo.

La discusión, por tanto, no consiste en decidir si la tecnología es buena o mala. La pregunta es mucho más seria:

¿Cuánta tecnología necesita realmente un niño para aprender?

Suecia parece haber llegado a una conclusión prudente: digitalizar una escuela no garantiza automáticamente una mejor educación.

La inteligencia artificial cambia todavía más el escenario

Y cuando parecía que el debate sobre las pantallas ya era suficientemente complejo, apareció la inteligencia artificial.

La IA puede convertirse en una extraordinaria herramienta educativa.

Puede explicar un concepto de diferentes maneras, generar ejercicios, ayudar a un estudiante a detectar errores, traducir contenidos y adaptar determinadas actividades a las necesidades de cada persona. Pero también puede convertirse en el atajo perfecto para no aprender.

“Hoy día le das a nuestros chicos un libro para leer y lo que hacen es someterlos a la inteligencia artificial: la IA los lee por ellos, resume por ellos, analiza por ellos, concluye por ellos, y, obvio, el pensamiento humano se va atrofiando. Y cuando llegas a escenarios como el de las pruebas PISA, donde el estudiante debe usar su pensamiento se encuentra en dificultades”, afirma Vallejo.

No es un secreto: un estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que le explique un problema y después intentar resolver uno similar. O simplemente puede pedirle que resuelva el problema, redacte el trabajo y entregue el resultado como propio.

La diferencia parece pequeña, pero educativamente es enorme. En el primer caso, la tecnología está ayudando a pensar; en el segundo, está sustituyendo el pensamiento.

“Hoy, en la mayoría de las instituciones, todo está digitalizado, todo está computarizado y las pantallas se están usando cada vez más en las aulas de clase, lo cual ha venido a afectar los procesos cognitivos, como lo son el pensamiento crítico”, dice la investigadora.

Ante esto, el desafío de la educación ya no será simplemente enseñar a los estudiantes a utilizar la inteligencia artificial. Será enseñarles cuándo utilizarla, cómo cuestionar sus respuestas y cuándo deben apagarla para pensar por sí mismos.

Entonces, ¿Qué deberíamos hacer?

La respuesta no parece ser regresar al pasado y, firmemente, creemos que tampoco consiste en sacar todos los dispositivos de las escuelas.

La solución probablemente esté en recuperar un equilibrio que quizá se perdió durante el entusiasmo inicial por la digitalización.

Necesitamos tecnología, pero también necesitamos libros.

Necesitamos internet, pero también memoria.

Necesitamos inteligencia artificial, pero también pensamiento propio.

Necesitamos aprender a buscar información, pero, sobre todo, a evaluar si esa información es verdadera.

Y necesitamos recuperar algo que ninguna aplicación puede garantizar: la capacidad de concentrarse.

Curiosamente, los primeros 7 países del ranking PISA son altamente tecnológicos: China, Singapur, Macao (China), Taiwán (China), Japón, Estonia y Corea del Sur. Pero, a diferencia del resto, de acuerdo con Vallejo, las estrategias que se usan en estos países difieren por mucho del resto.

“Ellos inician trabajando desde papel, fichas, figuras, bloques y gráficos en sus niveles iniciales del desarrollo del pensamiento concreto, pictórico o abstracto; no inician con pantallas. La estrategia en estos países es la de enseñarles a pensar desde muy pequeños. Así lo demuestran los datos de estos países”, y agrega que en estos países su política de educación es colocar al frente de estos chicos, nativos digitales, a profesores altamente cualificados.

“En Shanghái o Pekín se conoce que los niveles iniciales son atendidos por profesores con maestrías y doctorados”. afirma.

“Estamos a 150 puntos de China y Singapur en comprensión lectora”.

“Es importante, y se ha explicado mucho en estudios científicos, cómo la persona que coge el cuaderno, el libro de papel y pasa la hoja genera procesos cognitivos en su cerebro que hacen que haya más conexiones neuronales, que haya más sinapsis y que más neuronas se activen a nivel cerebral” dice.

“El hecho de nada más oler el papel ya genera un efecto grandioso en el cerebro. Eso motiva a la lectura; el estudiante empieza no solo a leer por leer, sino que puede ir procesando esa información y organizándola a nivel mental desde un esquema y cuando hay un esquema y una jerarquización de conceptos, donde empiezo a ver: este es el tema general; de este tema salen estas ideas, luego de estas ideas salen estos términos que me sirven para conectar y hacer ese proceso, a nivel cerebral se activan tantos procesos cognitivos que, de ahí, obviamente, resulta la comprensión” declara.

Y Agrega: “Comprender un texto es saber evaluar ese texto, saber qué dice, cómo lo entiendo yo y cómo lo aplicaría para mi vida diaria. Al hacer ese proceso estamos generando un aprendizaje significativo en el chico que, primero, va a durar más tiempo en la memoria y, segundo, va a ser aplicado porque le encuentra sentido a ese texto, a ese libro. Esa es, tal vez, una de las cosas que más afecta que estemos a más de 150 puntos de distancia con Singapur y China”, dijo Vallejos.

La familia tiene un papel determinante

Un colegio puede intentar enseñar concentración durante unas horas, pero difícilmente podrá competir con un teléfono que permanece disponible durante todo el día y que está diseñado para reclamar constantemente la atención.

Los padres tendrán que preguntarse no solamente cuánto tiempo pasan sus hijos frente a una pantalla, sino qué están dejando de hacer mientras están conectados.

¿Están leyendo?

¿Están conversando?

¿Están jugando?

¿Están haciendo ejercicio?

¿Están aprendiendo a resolver un problema sin recibir inmediatamente una respuesta?

Son preguntas que pueden ser más importantes que cualquier aplicación educativa.

PISA dejó una advertencia

Las pruebas PISA no pueden explicar por sí solas todo lo que está ocurriendo en la educación mundial.

Pero sí funcionan como una señal de advertencia.

¿Qué tipo de capacidades estamos desarrollando en una generación que tiene acceso a una cantidad de información sin precedentes, pero que también vive sometida a una cantidad de estímulos sin precedentes?

La experiencia de Suecia demuestra que incluso los países que abrazaron con entusiasmo la revolución digital están comenzando a hacerse esa pregunta y quizá esa sea una de las grandes lecciones que deja PISA.

¿Y qué del valor por el esfuerzo?

Hay una dimensión del problema educativo que las estadísticas difícilmente pueden medir: la capacidad de esforzarse.

Y como desde nuestro medio lo que dice Dios y su Palabra tiene suprema relevancia, no podemos descartar esa visión.

La Biblia dice: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas” (Eclesiastés 9:10). Es una idea especialmente pertinente en una época que busca respuestas inmediatas y soluciones para casi todo.

Jenny Vallejo hace énfasis en aprender a pensar y, de hecho, recomienda usar los libros sagrados y buscar instituciones educativas que promuevan este material, ya que estos contenidos ayudan a activar la mente y las neuronas. “Científicamente está comprobado”, ha afirmado.

Aprender cuesta. Leer un libro difícil, resolver un problema, escribir, memorizar, mantener la concentración o, aprender o enseñar a pensar, como exigen algunas respetadas voces del ámbito académico en los cambios del modelo educativo, exige tiempo y disciplina.

De hecho, eso, precisamente fue lo que hicimos antes de esta explosión de tecnologías y nuevas cosas. Fue ese proceso en el que se desarrollaron capacidades como la perseverancia, la paciencia y el pensamiento crítico.

Hoy la tecnología puede hacer muchas de esas tareas en segundos. Pero, ¿estamos utilizando esas herramientas para potenciar el aprendizaje o para evitar el esfuerzo que produce ese aprendizaje?

Y esto sin considerar que, tema para otra ocasión, desde algunas esferas de poder, algunos han promovido una cultura de premiar lo mediocre por encima del mérito.

La tecnología puede ahorrarnos esfuerzo, pero no todo esfuerzo necesita ser ahorrado.

Noticias relacionadas