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Historia de la Iglesia adventista.
Institucional· Eje Cafetero

De una desilusión a un movimiento mundial: la historia que comenzó incluso antes del 22 de octubre de 1844

El 22 de octubre de 1844, miles de personas esperaron el regreso de Jesucristo. La noche terminó, Jesús no apareció. Ante la frustración algunos decidieron volver a la Biblia para descubrir qué había ocurrido. De aquella crisis surgiría, con el paso de los años, el movimiento que daría origen a la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Roberto Sánchez22 de octubre de 202610 min de lectura12 lecturasEsperanza Radio Eje Cafetero

Mucho antes del 22 de octubre de 1844, en distintas partes del mundo, hombres y mujeres estaban volviendo su mirada hacia las Escrituras, estudiando las profecías y preguntándose si la promesa del regreso de Cristo estaba más cerca de lo que habían imaginado.

Guillermo Miller sería una de las figuras más visibles de aquel despertar. Pero no estaba solo. A ambos lados del Atlántico y más allá de sus fronteras, otros predicadores y estudiantes de la Biblia anunciaban también la proximidad del regreso de Jesús.

Por eso, para entender lo que ocurrió aquella noche de octubre de 1844 —y cómo de una profunda desilusión terminaría surgiendo un movimiento cristiano de alcance mundial— hay que comenzar un poco antes.

Pero hay algo que quizá no se cuenta con suficiente frecuencia:

Mucho antes del 22 de octubre de 1844, el mundo cristiano estaba viviendo un renovado interés por las Escrituras, las profecías y la esperanza del regreso de Jesús.

En Europa, África, Medio Oriente y otras regiones surgieron predicadores y estudiantes de la Biblia que, desde diferentes contextos y sin formar necesariamente un solo movimiento, hablaban de la cercanía de la segunda venida.

Uno de ellos fue Joseph Wolff, un misionero de origen judío convertido al cristianismo, que recorrió durante décadas extensos territorios de Europa, África y Asia anunciando la esperanza del regreso de Cristo. Mientras Guillermo Miller predicaba en Estados Unidos, Wolff hacía algo parecido en lugares tan distantes como Palestina, Persia, India y Asia Central.

En Sudamérica también existían antecedentes. Mucho antes de Miller, el sacerdote jesuita chileno Manuel Lacunza había escrito una extensa obra sobre la segunda venida literal y gloriosa de Cristo, publicada posteriormente bajo el título La venida del Mesías en gloria y majestad. Sus ideas serían conocidas en círculos cristianos interesados en la profecía y son consideradas por algunos historiadores adventistas como un antecedente importante del despertar adventista posterior.

No era, entonces, simplemente un hombre en Estados Unidos anunciando el fin.

Era un siglo en el que numerosos cristianos, que como el profeta Daniel llegando la finalización de los 70 años de cautiverio babilónico,  estaban volviendo la mirada hacia las profecías y preguntándose por el cumplimiento de la promesa de Cristo: “Vendré otra vez”.

Y entonces apareció Guillermo Miller

En medio de ese ambiente surgió una figura que terminaría convirtiéndose en el rostro más conocido de aquel despertar en Norteamérica.

Capitan Guillermo Miller (1782-1849)

Su nombre era Guillermo Miller.

Había sido agricultor, militar y bautista. Después de una profunda experiencia de conversión, comenzó a estudiar la Biblia de una manera intensa y sistemática. Durante años comparó textos bíblicos, especialmente las profecías de Daniel y Apocalipsis.

Su atención se concentró en una frase de Daniel 8:14: los 2.300 días y la purificación del santuario.

Miller interpretó esos días como años y llegó a la conclusión de que el período profético culminaría alrededor de 1843-1844. Para él, el “santuario” que debía ser purificado era la Tierra y su purificación ocurriría con el regreso de Cristo.

Al principio Miller ni siquiera quería convertirse en un predicador público.

Pero terminó haciéndolo luego de una lucha que él mismo comenta de como probo al Señor para confirmar que el mensaje debía ser llevado a la gente.

Desde la década de 1830, sus predicaciones comenzaron a extenderse con rapidez. Joshua V. Himes fue fundamental para organizar y difundir el movimiento mediante publicaciones, reuniones y conferencias. El mensaje llegó a miles de personas y también cruzó el Atlántico.

La pregunta comenzó a repetirse en iglesias, hogares y reuniones públicas:

¿Está realmente cerca la segunda venida de Cristo?

Y cada vez más personas respondían que sí.

Una fecha que Miller no fijó

Aquí aparece una de las curiosidades históricas de esta historia.

A menudo se dice que Guillermo Miller anunció que Jesús regresaría el 22 de octubre de 1844. Pero no fue exactamente así.

Miller inicialmente hablaba de que Cristo volvería “alrededor de 1843”. Posteriormente sostuvo un período que iba de marzo de 1843 a marzo de 1844. Cuando esa expectativa no se cumplió, reconoció que había cometido un error en sus cálculos.

Fue en 1844 cuando Samuel S. Snow propuso una interpretación que llevaría al movimiento hacia una fecha específica.

Snow relacionó la profecía de Daniel con el Día de la Expiación del calendario hebreo y sostuvo que ese día caería el 22 de octubre de 1844.

La expectativa volvió a encenderse y esta vez, la fecha parecía definitiva.

Miller, inicialmente reticente, terminó aceptándolo, y entonces ocurrió algo extraordinario.

Miles —las fuentes adventistas hablan de decenas de miles— esperaron aquel día convencidos de que estaban a las puertas del acontecimiento más grande de sus vidas.

Algunos abandonaron sus actividades habituales. Otros entregaron sus recursos. Muchos dejaron de preocuparse por sus bienes porque creían que el mundo estaba a punto de encontrarse con su Rey.

El 22 de octubre llegó. Pasaron las horas, llegó la noche, y Jesús no regresó.

El día después de la esperanza

El amanecer del 23 de octubre de 1844 fue brutal. Aquellos que habían esperado con tanta seguridad tuvieron que enfrentarse a una pregunta que parecía no tener respuesta:

¿Dónde nos equivocamos?

El movimiento quedó profundamente golpeado. Muchos abandonaron aquellas creencias. Otros regresaron a sus antiguas iglesias. Algunos quedaron sin comunidad porque habían sido expulsados o marginados por sus propias congregaciones, y, aquella experiencia pasó a la historia como el Gran Chasco.

Pero aquí está el giro que hace que esta historia siga siendo fascinante casi dos siglos después:

el Gran Chasco no acabó con todo.

Para un pequeño grupo de creyentes, la decepción no significaba que debían abandonar la Biblia. Significaba que tenían que estudiarla otra vez.

Edson, Hiram (1806–1882)

Un campo de maíz y una nueva pregunta

Entre aquellos creyentes estaba Hiram Edson. La mañana del 23 de octubre, Edson y otros creyentes habían pasado horas orando y tratando de comprender qué había ocurrido. Más tarde, mientras atravesaba un campo de maíz junto con Owen Crosier, relató una experiencia que cambiaría su comprensión del acontecimiento.

Edson llegó a considerar que habían acertado en la fecha, pero habían equivocado el acontecimiento.

El problema estaba en la interpretación del santuario. No se trataba de que Cristo hubiera regresado a la Tierra para purificarla mediante fuego. El santuario al que se refería la profecía, según aquella nueva comprensión, estaba en el cielo. De hecho, el libro de hebreos habla de ese santuario: “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios”. Hebreos 9:24-25 

Edson, Crosier y Franklin Hahn comenzaron entonces un período de estudio bíblico que desembocaría en una nueva interpretación del ministerio de Cristo en el santuario celestial.

Para el naciente movimiento adventista, esta comprensión se convertiría en una pieza fundamental para explicar qué había ocurrido el 22 de octubre.

La fecha no era el problema. La interpretación del acontecimiento sí.

Escritora y profeta Elena White (1827-1915)

Y allí estaba una joven llamada Elena Harmon

Entre quienes habían esperado el regreso de Cristo se encontraba una adolescente de Portland, Maine. Su nombre era Elena Harmon.

Tenía 16 años cuando escuchó predicar a Miller y, como muchos otros creyentes, quedó profundamente afectada por el Gran Chasco.

En diciembre de 1844, pocas semanas después de aquella decepción, Elena tuvo un visón espiritual que los adventistas consideran su primera visión. Tenía apenas 17 años.

Aquella joven, que años después sería conocida como Elena G. White, se convertiría en una de las figuras más influyentes en la formación del movimiento adventista.

No estuvo sola.

Junto a ella aparecieron otros jóvenes y pioneros: James White, Joseph Bates, John Nevins Andrews, Hiram Edson y muchos otros que comenzaron a reunirse, estudiar, discutir y comparar las Escrituras.

No tenían una iglesia mundial, no tenían grandes edificios, no tenían universidades ni hospitales, tenían preguntas. Y tenían la convicción de que debían buscar respuestas en la Biblia.

John Nevins Andrews, pionero y primer misionero adventista de ultramar.

De la crisis nació una identidad

Durante los años posteriores al Gran Chasco, aquellos grupos de creyentes comenzaron a estudiar asuntos que antes no habían ocupado el centro de su atención.

La segunda venida.

El santuario celestial.

El sábado.

La condición de los muertos.

La misión cristiana.

La salud.

La educación.

Y, sobre todo, la convicción de que el evangelio debía ser anunciado a todo el mundo.

El estudio del sábado, por ejemplo, adquirió un papel importante después de 1844 y llegó a los principales pioneros adventistas a través de Joseph Bates y otros creyentes.

Poco a poco, las piezas comenzaron a juntarse, y lo que había comenzado como una red de creyentes dispersos se transformó en un movimiento organizado.

Y en 1863, casi dos décadas después del Gran Chasco, se organizó oficialmente la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Por eso sería históricamente incorrecto decir que la Iglesia Adventista nació el 22 de octubre de 1844.

Ese día nació otra cosa: una crisis que obligó a un grupo de creyentes a buscar más profundamente. La iglesia organizada vino después.

Una historia que terminó cruzando el mundo

Lo sorprendente es dónde terminó aquella historia.

El movimiento que había surgido en medio de las expectativas religiosas del siglo XIX dejó de ser exclusivamente norteamericano.

Las publicaciones viajaron.

Los misioneros viajaron.

Las escuelas aparecieron.

Los hospitales aparecieron.

Las iglesias comenzaron a multiplicarse.

Y aquella esperanza que había sido anunciada en pequeñas reuniones terminó llegando a prácticamente todos los continentes.

Hoy la Iglesia Adventista del Séptimo Día tiene presencia en más de 200 países y territorios y de acuerdo a los últimos informes presentados recientemente en el concilio anual de agosto 2026 son más 24,7 millones de miembros a nivel mundial. Aquella pequeña comunidad nacida en el ambiente religioso del siglo XIX se convirtió en una denominación cristiana mundial.

Y entonces el título de esta historia comienza a tener sentido.

De una desilusión a un movimiento mundial.

Pero quizá todavía falta la parte más importante.

¿Qué hacemos cuando Dios no responde como esperábamos?

Porque el 22 de octubre de 1844 no es solamente una historia de profecías, fechas y personajes.

También es una historia profundamente humana.

Es la historia de personas que estaban convencidas de que algo iba a suceder y descubrieron que no sucedió como esperaban.

Eso nos resulta familiar.

Hay personas que también tienen su propio 22 de octubre.

Una oración que parecía tener una respuesta segura.

Un matrimonio que parecía destinado a durar.

Un hijo por el que se oró durante años.

Un proyecto que parecía aprobado por Dios.

Una puerta que parecía imposible que se cerrara.

Y, sin embargo, se cerró.

El Gran Chasco plantea una pregunta que sigue viva:

¿Qué hacemos con nuestra fe cuando la realidad contradice nuestras expectativas?

Aquellos creyentes pudieron haber terminado allí.

Pero algunos decidieron volver a las Escrituras.

No encontraron todas las respuestas de inmediato. Tuvieron discusiones, equivocaciones, interpretaciones diferentes y momentos de incertidumbre. Pero siguieron buscando.

Y de esa búsqueda nació una nueva comprensión que terminaría formando la identidad de una iglesia mundial.

Por eso, 182 años después, quizá el 22 de octubre no debería recordarse solamente como el día en que miles de personas se equivocaron esperando el regreso de Cristo.

También puede recordarse como el día en que una generación aprendió que una decepción puede obligarnos a buscar más profundamente.

La historia comenzó con una expectativa. Pasó por un despertar, llegó al chasco, atravesó preguntas, lágrimas y estudio. Encontró nuevas respuestas, y terminó convirtiéndose en un movimiento mundial.

El 22 de octubre de 1844 no fue el final de una historia. Fue el punto de quiebre de una historia que todavía continúa.

Y quizá la frase que mejor resume todo aquello sea también la más sencilla:

Se equivocaron en lo que esperaban que ocurriera.
Pero no se equivocaron al esperar a Jesús.


Por eso no es una exageración afirmar, como lo asume la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que el movimiento adventista es un movimiento profético.

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